Mi madre, que es toda mesura y serenidad, me llama con una insistencia extraña en ella «Algo grave ocurre», me dije Así que dejé en pausa a mi vecina y su taza de café humeante y fui a ocuparme del teléfono
«¡Tengo una plaga de polilla en la biblioteca, acabaron con casi todo!», soltó exhausta doña Josefina «Apenas se salvaron los álbumes», agregó
Y bueno, aquí está uno de los «tesoros» que no sucumbió a la voracidad de las «comepapeles»: una fotografía mía que, más que eso, tiene visos de daguerrotipo
Tendría yo unos 7 años, un pelero que envidiaría Johnny Bravo, más una asombrosa capacidad para retar la timidez que ahora reconozco temeraria El lugar es el pequeño teatro del Grupo Escolar Pío Tamayo, en Aguada Grande -el pueblo de mis sueños y desvelos infantiles-, la noche de la semifinal del Festival de la Voz Escolar del estado Lara
Mi maestra de segundo grado, una hermosa morena de grandes aretes en las orejas, cuyo nombre -Toribia de Lares- tenía un peso ineluctable de autoridad, se ocupó del vestuario de los dos nóveles intérpretes: mi hermana @farahmiranda, que en la imagen cuida de mí desde el fondo del modesto escenario, y este quien le escribe
En medio de una barahúnda de aplausos y rechiflas y con un susto que aún puedo sentir, me estrené una noche de mayo en el «showbiz» cantando a todo dar «La Zaragoza», el sabroso golpe ceremonial de la fiesta de los Santos Inocentes en las tierras de Sanare
Ganamos Y con mi amada hermana, que se lució con «Pasillaneando», el hermoso pasaje del bardo portugueseño José La Riva Contreras, nos fuimos a la gran final distrital que tuvo lugar en Siquisique… pero esa fotografía sí la engulló la polilla
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